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El complejo proceso del cambio en Venezuela

El complejo proceso del cambio en Venezuela
Desde hace ya quince años, Venezuela protagoniza un proceso político y social encaminado a una transformación de la sociedad y del Estado, por vía electoral y pacífica. Como todo cambio in fieri provoca, desde sus inicios, adhesiones y rechazos, polémicas constantes, polarizaciones radicales y confusión. El punto de partida normativo para realizar este camino transformador vendrá dado por el texto constitucional de 1999, que sustituyó a la Constitución de 1961, considerada, por muy amplios sectores, envejecida, agotada y deslegitimada. El procedimiento de sustitución constitucional fue muy singular, con dos Asambleas (constituida y constituyente) y con enfrentadas posiciones doctrinales ( vs. reforma). La Asamblea constituyente, que reflejaba un mayor apoyo nacional.-popular, ganará ampliamente esta batalla dialéctica, quedando así establecido el fin del régimen político de Punto Fijo (1959). Sistema o régimen político, que tendrá cuatro décadas de vigencia y que desaparece por descomposición y auto-destrucción: las instituciones perdieron legitimidad y credibilidad, desde las magistraturas institucionales, presidenciales, judiciales y representativas a los hegemónicos, y las exigencias de nuevo rumbo se generalizaron, desde la derecha a la izquierda. La nueva Constitución institucionalizará este cambio histórico.
Aunque el caso venezolano tiene, sin duda, una singularidad compleja, ni es único, ni es excepción con respecto a otros países iberoamericanos: por el contrario, la idea de cambio/revolución se extiende en muchos de ellos. Por lo que se refiere a Venezuela, a su proceso socio-político se le denomina «revolución» en cuanto transformación genérica, y se le adjetiva «bolivariano», que remite directamente a Simón Bolívar, a su vida y obra, como militar, pensador y estadista: aristócrata criollo, mantuano «gran cacao», libertador independentista, ilustrado y romántico, revolucionario social con Rousseau en su equipaje y luchador contra la amenaza de la «guerra de colores»(negros, pardos, blancos). Este personaje excepcional y sincrético, no exento de contradicciones, será el primero, entre otras cosas, en ensamblar la conjunción cívico-militar para lograr la independencia. Bolívar y antes Francisco de Miranda, éste no como «criollo principal», sino como «blanco de orilla», escala inferior en la Colonia, con su formación ilustrada y experiencia viajera y conspiratoria –conocedor y partícipe en la revolución americana, y, como girondino de adopción, en la Gran Revolución francesa- pronto quedarán instalados en la emergente conciencia nacional venezolana como el anticipador y Precursor (Miranda) y como el forjador y Libertador (Bolívar). Ambos, pero sobre todo, Bolívar, representarán la seña de identidad de la Patria y su símbolo permanente.
Esta referencia identitaria bolivariana y, por extensión, mirandina, irá asentando una constante histórica, hasta hoy, que, con énfasis, el Presidente Chávez reactualizará y potenciará, pero no como novedad. En la Constitución de 1947, el Libertador Bolívar aparece ya como el conductor «de la empresa emancipadora del continente americano», y los constituyentes se considerarán receptores de «este patrimonio de autoridad moral de América», que es Bolívar. Este legado, pueblo con moral y luces, quedará también fijado en la propia Constitución de 1961, en donde se habla de «conservar y acrecer el patrimonio moral e histórico de la Nación, forjado por el pueblo y por el pensamiento y acción de los grandes servidores de la Patria, cuya expresión más alta es Simón Bolívar, el Libertador». Figuras relevantes de la intelectual y política venezolana del siglo XX coincidirán así, desde posiciones diferenciadas en este consenso: entre otros, , Andrés Eloy Blanco, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Vicente Lecuna, Rufino Blanco Fondona, Guillermo Morón Jerónimo Carrera, Jóvito Villalba, Rómulo Bettancourt, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Rafael Caldera («Bolívar siempre»), Eduardo Fernández. Consenso simbólico que no parece necesario interrumpir.Desde luego, estas referencias simbólicas reenvían a interpretaciones subjetivas, como proyectos actualizadores. A veces, son discursos retóricos o visionarios, pero otras veces, como sucede en la Venezuela actual, son apoyaturas reales basadas en una vigencia popular muy extendida. En la cultura europea, estas cargas simbólicas tienden más a una sustanciación racionalista, pero pueden desempeñar también un papel integrador, aún teniendo connotaciones anacrónicas (magistraturas vitalicias hereditarias). Tampoco la racionalización europea ha podido evitar, en ocasiones, una suspicacia o crítica hacia el simbolismo extra-europeo y, en especial, con respecto a los pueblos iberoamericanos. A esto suele llamarse eurocentrismo, en cuanto mistificación prepotente, combinándose, al mismo tiempo, con compensaciones románticas del «buen salvaje». Ya en los momentos de la independencia de América, Hegel será paradigmático, con los «pueblos sin Historia». Y otros grandes autores, Benjamín Constant, en su polémica con De Pradt, y el mismo Karl Marx, no escaparán, al juzgar a Bolívar, a estos planteamientos. En ambos, la realidad objetiva iberoamericana, naciente y compleja, se simplificó en personalismos caudillistas, relegando u oscureciendo los factores políticos y sociales del conjunto. Marx, sobre todo, sorprende en sus escritos neoyorkinos: a diferencia de sus agudos y excelentes análisis sobre nuestra revolución frustrada gaditana y nacional de 1810-1814, no percibirá las tres notas esenciales de la acción militar y política integradora de Bolívar: la independencia general americana, y no sólo venezolana/colombiana (libertad anti-colonialista), el cambio social (igualdad, abolición de la esclavitud) y la unión continental de América como horizonte utópico a realizar (Congreso de Panamá).
Hasta aquí un legado histórico que sigue teniendo una presencia consciente o en el subconsciente colectivo venezolano. ¿Cómo se ha plasmado este legado en la Constitución de 1999 y con qué intencionalidad? En términos generales, el techo ideológico de este texto fundamental no responde a una concepción partidista unidimensional –liberal, socialista, comunista- sino que es una plataforma progresista amplia, con incidencia nacionalista e internacionalista. Asumiendo los supuestos clásicos del se proyecta, como nueva etapa,, hacia la transformación del Estado Liberal de Derecho en un Estado democrático de Derecho y de Justicia (art. 2), con el fin de establecer una sociedad avanzada más participativa y de inclusión social efectiva. De la misma forma que, en Europa y teniendo en cuenta las particularidades propias, hubo una evolución jurídica y política de avances y retrocesos, hacia este tipo de democracia social. En la Constitución de 1947 venezolana se observa esta tendencia revisionista y aparecerán ya los derechos sociales. La denominación explícita de «Estado democrático de Derecho» será empleada en el Acta constitutiva de Gobierno, en 1958, por el contralmirante progresista W. Larrazábal: aldabonazos que servirán, de fractura ideológica a la visión positivista autoritaria del gomecismo y de sus continuadores. Así, frente al «gendarme necesario», teorizado por Vallenilla Lanz, se querrá instaurar un Estado de Derecho social. En definitiva, la Constitución de 1999 tiene, al mismo tiempo,, antecedentes en su novación jurídica.
Por otra parte, hay una nota política que, en ciertos ámbitos, no se contempla suficientemente su calado integrador. Me refiero a la actualización del poder constituyente popular originario, fuente de la democracia moderna, y a su impacto en las sociedades iberoamericanas. En concreto, que la vía violenta para alcanzar el poder, planteamiento legitimador extendido durante décadas en casi toda América latina, queda anulado y se asume explícitamente la vía democrática pacífica y electoral: sustitución de las armas por las urnas. Y, en Venezuela, la lucha guerrillera tuvo también importancia. Así, el Estado social y democrático de Derecho adquiere una nueva dimensión integradora.
Al mismo tiempo, el tradicional bipartidismo dominante en Venezuela ha dado paso a un nuevo esquema: han surgido nuevas formaciones y coaliciones, tanto en los sectores de la Oposición, como en los gubernamentales. En la Venezuela actual, el Presidente Chávez ha objetivado, hasta su fallecimiento, una confluencia ideológica (reactualizando a Bolívar), y, desde esta elaboración, constituirá un movimiento plural y más recientemente, un nuevo partido socialista de izquierda, el PSUV, diferenciado tanto de la social-democracia de corte europeo,, como de los partidos comunistas clásicos: el apoyo del PC venezolano será parlamentario,, pero no forma parte del Gobierno. El peculiar carisma comunicador de Chávez, muy identificado con las bases populares, es decir, por lenguaje y discurso de cambio, por etnia, cultura, religión, ha llevado a creer, equivocadamente, que se trataba solo de un fenómeno pasajero, de carácter personalista y voluntarista. Su procedencia militar y su énfasis en la conjunción cívico-militar, tema muy bolivariano, abonará esta percepción, tanto en sectores internos como en Europa. Sin embargo, esta creencia –muy conocida como «no hay chavismo sin Chávez»- ha resultado incierta: sigue existiendo en Venezuela una mayoría social-popular manifestada en todos los comicios realizados en estos años, con Chávez y ahora con el Presidente Nicolás Maduro y su partido socialista de nueva planta. Esto no significa que, al mismo tiempo, junto a esta mayoría se encuentren amplios sectores que, en su conjunto coyuntural, están ya muy cercanos en votos al chavismo socialista y en conflicto permanente. Conflictividad que ha llenado todo el periodo del presidente fallecido y continúa, consistente en una polarización abierta, conformando una variante más extensa de la que hablaba Bolívar: la «guerra de colores» (étnica, pero también social y política, con petróleo y en un mundo globalizado).
En las últimas elecciones, presidenciales (victoria de Nicolás Maduro sobre Henrique Capriles) y municipales (victoria del partido socialista) se vuelve a confirmar la constante señalada: continuidad chavista y continuidad en la polarización. En los primeros comicios, la oposición pierde, pero por poca diferencia de votos; en las segundas, el socialismo chavista recupera sus posiciones. ¿Caben salidas de flexibilización o hay que aceptar que la polarización, sin puntos de encuentro, se siga convirtiendo en una aporía griega, en cuanto problema inviable por su dificultad insoluble?. Todos los grandes iuspublicistas y teóricos sociales suelen enseñarnos que no debemos instalarnos en este mundo dogmático de las aporías y sí buscar encuentros. Para ello, existen las reglas de convivencia -legales y políticas- que no tienen por qué hacer dejación de los principios finalistas de cada parte: la democracia, en sus distintas visiones, es, al mismo tiempo, consenso básico y disenso cotidiano. En la actualidad venezolana, es más que posible que la Constitución sea un buen lugar de encuentro y que el legado simbólico, bolivariano o mirandino, lo sea también. El disenso, conflicto sin duda, tiene que estar en la interpretación control y desarrollo constitucional concreto y en la praxis política cotidiana, pero existen problemas que deben entenderse supra-partidistas
Las citadas elecciones municipales últimas, con los resultados no cuestionados, ni por los sectores gubernamentales y coaligados, ni por los de la Oposición, también plural, pueden abrir un nuevo escenario. Por supuesto, si hay voluntad e imaginación y el lenguaje adecuado. Y, de esta manera, con los naturales tanteos, de táctica y estrategia, muy normales en polarizaciones arraigadas, los encuentros abiertos forman parte de la lógica y de la dialéctica políticas. En sentido figurado, exorcizar el maleficio de la «guerra de colores», contra la que combatió Bolívar, y avanzar hacia el Estado democrático y social, y de Justicia, en la «Tierra de Gracia» venezolana.
Le Monde Diplomatique, marzo 2914
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    Acerca de Raul Morodo

    Catedrático, Ex embajador de España en VenezuelaMiembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas

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