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La pasión de J.C. Rey

La pasión de J.C. Rey
Como todas las primaveras, conmemoramos en nuestra civilización occidental la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesús Cristo Rey. Las circunstancias históricas en España han querido que sea esta primavera de 2014 en la que culmine también la pasión (sin muerte, gracias a Dios) de nuestro señor Juan Carlos Rey. En este ensayo, al modo de viñetas, integro tres momentos ilustrativos de la vida del Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, por si pudieran servir de ilustración o complemento a los análisis sobre la crisis actual de España. El tríptico resultante incorpora un artículo de mi colega en la St. John’s on the Mississipi Foundation for Cultural Studies (Minnesota, USA) Manuel Pastor titulado «El fin del juancarlismo», publicado en Libertad Digital en 2012.
1. «Señor, eso no se hace»
Cuando el Príncipe Juan Carlos era un veinteañero (o quizás más jóven), residiendo en España bajo la protección de Franco, fue coprotagonista de una desafortunada anécdota con la inolvidable Alicia «Cus-Cus» Villate, Duquesa de Tarancón, mujer bella, de enorme simpatía (era la madre de mi amigo de la universidad Juan Parra Villate, Conde de Valmaseda). Me contó una vez «Cus-Cus»que durante un guateque veraniego al que asistía con su esposo, el Dr. José Parra, al joven Juan Carlos y sus amigos se les ocurrió la broma tonta de deslizar las croquetas calientes por el escote delantero de las señoras. Cuando tal cosa hizo el Príncipe a mi admirada –y en aquel momento alucinada- Duquesa, inmediatamente recibió como respuesta una sonora bofetada, con las siguientes palabras:
«Señor, eso no se hace». Merece registrarse esta anécdota para la Historia, porque probablemente es la única torta (al menos públicamente) que D. Juan Carlos de Borbón y Borbón ha recibido en toda su vida. «Cus-Cus», descendiente directa de la Reina- Gobernadora María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, (viuda del nefasto Fernando VII y casada por amor con Agustín Fernando Muñoz; regente soberana, durante la minoría de edad de Isabel II, de la primera Monarquía liberal parlamentaria en España), tenía legitimidad y autoridad moral para hacerlo.
Una cosa es la informalidad y otra perder las formas. El discurso navideño en 2012 deD. Juan Carlos, el del «culo sobre la mesa», es un ejemplo de lo segundo, teniendo en cuenta además que el Católico Rey de España, por primera vez, en un gesto relativista «posmoderno», ha renunciado a las decoraciones tradicionales de la Navidad. Llueve sobre mojado: solo es un detalle más en una senda (de elefantes blancos y botsuanianos) equivocada, en que la imagen del Rey se ha deteriorado de manera progresiva e irreversible.
Es de sobra conocida la afición de los Borbones a los devaneos sexuales al margen del matrimonio. Lo único que se les puede y debe exigir es un mínimo en las formas, es decir, discreción y evitar meter la pata de una manera ostentosa. Hay dos anécdotas comprometedoras similares de los dos últimos monarcas Borbón que ilustran lo que digo y que son un ejemplo de lo que un Rey nunca debe hacer.
La primera ocurrió en la residencia vacacional de los Reyes en Santander, el Palacio de la Magdalena. En el verano de 1922 llegaron allí como invitados de Alfonso XIII y su esposa la Reina Victoria Eugenia (Ena Battemberg), la pareja de recién casados en su luna de miel formada por Lord Louis Mountbatten (Battemberg), primo de Ena, y su esposa Edwina Ashley. Durante las breves jornadas cántabras, Alfonso no perdió el tiempo tratando de seducir –de manera vulgar, aunque inúltilmente- a la jóven británica, que naturalmente indignada exigió a su esposo abandonar lo antes posible Santander y España. La versión del incidente que Edwina Mountbatten divulgó después por las cortes europeas no fué precisamente favorable a la imagen y los intereses de España, representados por su Jefe de Estado.
La segunda anécdota tuvo lugar en la residencia de vacaciones de la Familia Real en Mallorca, el Palacio de Marivent, en el verano de 1986. En este caso, al parecer, el Rey Juan Carlos tuvo más éxito en seducir a la joven Princesa de Gales, Lady Di, que estaba acompañada de su esposo el Príncipe Charles, como invitados de los Reyes. La razón del éxito del monarca español, según fuentes informadas, es que Diana quería provocar celos en su esposo. En cualquier caso, lo común en ambas anécdotas es no solo la grave indiscreción en los comportamientos sino la pérdida total de las formas y del respeto hacia matrimonios de familias influyentes internacionalmente. Para el colmo, según relata Lady Colin Campbell, biógrafa de Lady Diana, el monarca español se gastó 200.000 dólares (¡30 millones de pesetas!) en un regalo de amante agradecido, aunque la Princesa de Gales decidió no continuar con el affair. Por supuesto, no todos los biógrafos de Diana dan credibilidad a estos hechos, y se limitan a relatar el acoso con que Juan Carlos sometió a la princesa de Gales, aunque, eso sí, recogiendo la expresiva opinión de ésta, que el Rey español era excesivamente «tactile»…
Las anécdotas anteriores están documentadas, respectivamente, en las biografías de Edwina (Edwina Mountbatten, New York, 1991, por Janet Morgan) y de Diana (The Real Diana, London 2010, por Colin Campbell). Asimismo, el número especial Royal Scandals & Shockers (American Media, Inc., 2011) destaca los detalles del affair Juan Carlos-Diana. El hecho de que ambas mujeres fueran un poco «pendonas» (Edwina tuvo una famosa relación adúltera con el primer ministro socialista de India, Nehru; la larga lista de romances atribuidos a Diana es algo conocido) no justifica en absoluto el comportamiento de los Reyes de España como adúlteros en serie.
El último episodio chusco, como todo el mundo sabe, es que al tiempo del infame incidente del elefante en Botsuana se ha hecho pública la presunta relación del D. Juan Carlos con una tal princesa Corinna, que ha puesto de manifiesto cierta desestructuración de la Familia Real. Entre las múltiples bromas que se han divulgado al respecto, hay una que propone exigirle al monarca que elija: «Corinna o Corona». Obviamente necesitamos de una «Cus-Cus» que se encare al Rey por esa y muchas otras cosas y le diga enérgicamente: «Señor, eso no se hace».
Sabemos que, en política, la percepción es la realidad. Ya no les exigimos a nuestros gobernantes y máximos representantes del Estado que sean virtuosos, sino que lo parezcan… o que no parezcan excesivamente impresentables. Pero sobre todo les exigimos que cumplan con sus obligaciones públicas y constitucionales. El Rey de España tiene en estos momentos dos obligaciones urgentes, antes de abdicar, que son también su última oportunidad: primera, denunciar con más energía la corrupción de la clase política en general y de ciertos individuos próximos en particular; segunda, pese a que no tenga la talla de un Abraham Lincoln, advertir con claridad y contundencia que los actos separatistas unilaterales –aunque vayan travestidos de procedimientos plebiscitarios- son un delito de alta traición a la Nación, al Estado y a la Constitución. Por parte del Rey sería un gesto de patriotismo para la que le reconciliaría con muchos de sus críticos.
Por lo demás, basta ya de hablar de la princesa Corinna y llamémosla simplemente Corinna Larsen. En el horizonte mental presente y futuro de los españoles solo cabe ya pensar en una princesa genuina: Leonor, Princesa de Asturias.
2. El fin del juancarlismo
Del elefante blanco al elefante botsuaniano: así podría resumirse el recorrido degenerativo de la Monarquía juancarlista (casualmente, el índice de percepción de la corrupción en 2012, elaborado por International Transparency, coloca a España en el mismo nivel que a Botsuana). Resultaría muy fácil aquí parafrasear a Ortega en memorable ocasión: delenda est Monarquía juancarlista.
Ante todo quiero manifestar mi rechazo a ese estúpido tópico tan generalizado entre nuestra clase política e intelectual: «Yo no soy monárquico, soy juancarlista.» Como pensaba mi maestro universitario D. Carlos Ollero –del que ahora celebramos el centenario de su nacimiento (1912), que tuviera lugar precisamente en el centenario de su querida Constitución de Cádiz (1812)- la Monarquía constitucional moderna debe tener una justificación funcional, no personal. Otro de mis maestros de juventud, el profesor D. Enrique Tierno Galván, precisaría con cierto maquiavelismo que en el caso de España, la Monarquía era la salida de la franquista, pero no la solución. Ambos maestros, grandes amigos entre sí, compartieron, con matices, primero su adhesión a una Monarquía funcional teórica (de D. Juan de Borbón), y posteriormente, en la práctica, el juancarlismo como salida de la dictadura durante la Transición democrática española. A diferencia de mi admirado VP, yo creo que la Monarquía es la solución –históricamente avalada- para España. Pero la fórmula juancarlista ha fracasado, o, dicho más piadosamente: está funcionalmente agotada.Iniciaba este artículo con la broma de los elefantes. Simbólicamente, sin embargo, el enigmático elefante blanco del infame agujero negro del 23-F de 1981 marca el comienzo de un proceso políticamente fallido de la democracia española que culmina, también simbólicamente, con el incidente del elefante de Botsuana en 2012. En ambos casos, la (ir)responsabilidad del Rey Juan Carlos es evidente, aunque en el primer asunto -hasta la fecha de hoy- se nos haya escamoteado la información y una explicación a los españoles, con la complicidad activa de los sucesivos gobiernos y gran parte de la clase política. No es casual que hoy esta clase política, con muy pocas excepciones, sea la responsable –con la anuencia o silencio reales- de la corrupción generalizada que padece la democracia española. Una democracia, como he sostenido repetidas veces, por desgracia fallida.
Podemos alabar la Nación, el Estado, la Constitución, e incluso la Transición, pero tenemos que admitir que el sistema político de la democracia española de 1978 ha fallado. Los vivas a la
Constitución -en este Diciembre del 2012 que se acaba- están bien, pero la primera condición para curarnos una enfermedad, en sentido freudiano, es ser conscientes de ella, reconocerla. Empleando una expresión popular de la politología reciente, la Consolidación demócratica –pese a lo que digan Linz, Santamaría, Maravall, y una larga lista de expertos- no se ha producido. Hay que estar ciegos para no verlo. El Rey Juan Carlos (ha sido repetido ad nauseam, pero es cierto) jugó un papel decisivo y muy importante en esa Transición hasta 1981. Pero a partir de entonces todo comenzó a torcerse (con la importante ayuda, también hay que decirlo, de los socialistas), en los sucesivos agujeros negros institucionales: el 23-F, los GAL, el caso Roldán, el 11-M, el caso Faisán, la politización del Tribunal Constitucional (Rumasa, Estatuto de Cataluña, Bildu…),y como diría el famoso personaje de Vitorio De Sica, etc.,etc.,etc. No menos institucional, por sus ramificaciones, es el caso Urdangarín, una auténtica carga en profundidad contra la Casa Real, por mucho que se quiera disimular. Si el Rey no sabía nada, malo; si sabía algo, peor.
¿Y ahora qué? El sistema político averiado requiere una reparación total. Más que democracia, en España tenemos una partitocracia (seguimos con lo que Joaquín Costa denominó hacia 1900 Oligarquía y Caciquismo, pero ahora en un sentido estrictamente político). Desde finales del siglo XIX, además de Costa, toda una pléyade de grandes pensadores políticos han estudiado y reafirmado la génesis de la oligarquía política y la partitocracia (Mosca, Pareto, Ostrogorski, Unamuno, Ortega, Michels, Burnham…), que son el cáncer de la democracia liberal. Como es de suponer, cualquier solución o paliativo -pienso ahora en el caso español- require una reforma profunda, constitucional y cultural, en un sentido auténticamente federal, hacia una mayor separación de poderes, con grandes cambios en el sistema electoral y de representación que faciliten una menor fragmentación y una mayor claridad y estabilidad en la composición parlamentario-gubernamental (mi preferencia, sin demagogias, es por un sistema fuertementre mayoritario y bipartidista). Pero todo eso ahora suena a música celestial o wishful thinking.
La decisión más urgente y necesaria –por su carácter simbólico y ejemplar- es arreglar el vértice de la estructura del Estado, es decir, la Corona. Y previamente a la reforma constitucional necesaria de la cuestión sucesoria, tantas veces invocada y aparcada, es la conveniencia de cerrar el capítulo histórico del juancarlismo. Si el Rey quiere evitar una crisis dinástica -que es algo diferente, pero concomitante a la cuestión de Monarquía o República- , lo más prudente por su parte sería acelerar, mediante su voluntaria abdicación, la propia sucesión en la persona del heredero de la Corona, el Príncipe de Asturias. Desde ese momento, ya habríamos trascendido los personalismos de otros tiempos -juanista, juancarlista o eventualmente felipista- y los españoles estaríamos en condiciones de encarar un futuro más institucionalizado (y los retos presentes a la unidad nacional), con una genuina Monarquía constitucional de nueva generación, marco imprescindible para la Consolidación democrática que ya está mereciendo y necesitando hace tiempo la noble Nación española.
Por parte del Rey D. Juan Carlos sería un gesto de generosidad y patriotismo, como el de su padre D. Juan en 1977.
3. ¿Nueva Operación Príncipe?
En una cena de amigos en Madrid durante el último fin de semana del pasado Marzo de 2014, comentando la entrevista a la autora Pilar Urbano en el diario El Mundo a propósito de su libro en ciernes, La Gran Desmemoria… y la consiguiente polémica sobre el papel del Rey en el 23-F, el anfitrión de la velada, Raúl Morodo -catedrático, académico, embajador y político destacado de la Transición- comentó medio en broma que todo el asunto parecía como una segunda Operación Príncipe. Una semana después, el lunes 7 de Abril, el historiador y periodista de La Gaceta, José Javier Esparza, mantenía la misma tesis en una columna y en una intervención en un debate sobre el libro de la Urbano en la cadena de televisión Intereconomía. Casualmente tanto en la cena privada mencionada como en el debate de Intereconomía, participaba un invitado especial, Jesús Palacios, autor de la obra probablemente casi definitiva sobre el infame incidente, 23-F. El Rey y su secreto (Libros Libres, Madrid, 2010), en la que culminaba una investigación suya y un libro anterior, 23-F. El Golpe del CESID (Planeta, Barcelona, 2001). Según este autor, que va más a fondo que Pilar Urbano en el análisis, la responsabilidad del Rey y de la clase política (particularmente del PSOE, de la UCD, y de algunos comunistas e independientes que dieron el visto bueno al plan del general Armada) se extendió hasta el mismo día y noche del 23 de Febrero de 1981.
Las investigaciones de Palacios, significativamente, han sido ninguneadas por la casta política y la mayoría de la intelectualidad a diestro y siniestro. Algunas excepciones (el historiador Stanley G. Payne, el académico Luis María Ansón, el catedrático de ciencia política Manuel Pastor…más recientemente el periodista Federico Jiménez Losantos) que las han valorado positivamente, confirman la regla. Simbólicamente, el «Elefante Blanco» del 23-F (quienquiera que fuera) irrumpió en la cacharrería de la débil democracia española y las consecuencias están a la vista: crucifixión política de Adolfo Suárez, pacto de silencio, Felipato, corrupción, partitocracia, desintegración de la Constitución, caso RUMASA, caso GAL, 11-M, Zapaterato, caso Faisán, legalización de Bildu, desafios separatistas vasco y catalán, caso Nóos, etc., etc., etc. Finalmente, el elefante de Botsuana y la princesa Corinna serán la guinda del proceso de deterioro y el prólogo a la inevitable, nueva, Operación Príncipe.
Parece que los Borbones españoles son recurrentes. Esta no sería la Segunda, sino la Tercera Operación Príncipe, si contamos como la Primera aquella que encabezó el nefasto y felón Fernando VII contra su padre Carlos IV en los inicios de la España contemporánea, operación manipulada entonces por el Imperio francés de Napoleón. La Segunda, manipulada por el Imperio americano de Nixon y gestionada por el Opus Dei bajo el liderazgo político de Franco, convenientemente asesorado por Carrero Blanco y López Ibor (éste casualmente líder religioso-político de la señorita Pilar Urbano), culminó en la designación en 1969 de Don Juan Carlos como heredero a la Corona española, desplazando a su padre Don Juan, Conde de Barcelona.
Ahora el escenario está preparado para la Tercera Operación Príncipe, que consistiría en promover la abdicación del Rey Don Juan Carlos, permitiendo el acceso a la Corona del Príncipe de Asturias (y de Gerona: última y aparentemente más de Gerona que de Asturias). Don Felipe está preparado y cualificado. Solo hay un problema, y no es el Príncipe, sino la Princesa. Según personas bien informadas, Doña Letizia, por su inexperiencia, su deficiente cultura monárquica y su inmadurez emocional, no parece preparada para asumir el papel de Reina consorte de España. En ese caso, más que de una Operación Príncipe nos debería preocupar una Operación Princesa.
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    Acerca de Joaquin Martinez de la Rosa

    Analista político e investigador en St. John´s  on the Missisippi Foundation for Cultural Studies, Minnesota, USA

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