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Canalejas y el amor

Canalejas y el amor
El primer matrimonio de Canalejas fue un matrimonio juvenil y romántico con María Saint-Aubin, ferviente católica, que tendría el desenlace de una muerte también juvenil que afectaría a Canalejas muy profundamente y le haría revitalizar sentimientos religiosos que tenía dormidos. Hay un episodio en la vida de María Saint-Aubin que fue la actuación de esta valiente dama en una catástrofe ferroviaria en que viajaba el matrimonio y que le valió ser condecorada con la Cruz de Beneficencia. Resulta impresionante saber que aquella catástrofe ferroviaria, que tuvo lugar en 1.891, fue presentida por María Saint-Aubin. Viajaba el matrimonio en el expreso de Irún, en dirección a Madrid. Cuando el tren llegaba a la estación de Miranda de Ebro, María Saint-Aubin tuvo una sensación de peligro y le pidió a Canalejas trasladarse desde el vagón en que viajaban, que iba en cabeza del convoy, al último, lo que, probablemente, les salvo la vida. ¿Cómo sería la conversación de la pareja viajera para que Canalejas se dispusiese a atravesar el convoy de punta a cola y que le diría María Saint-Aubin para convencerlo o sí, también, Canalejas sintiera aquella sensación premonitoria? Serían, sin duda, más confortables los primeros vagones en que tenían sus reservas que los asientos de la cola. Había que estar muy convencidos de que algo tan imprevisible como lo que iba a suceder podría producirse para tomar una decisión aparentemente incomoda y caprichosa. En la catástrofe hubo quince muertos y treinta heridos, y la actuación valerosa de María Saint-Aubin en ayuda de los heridos y en la evacuación del tren fue lo que le valió la condecoración. Hay un halo romántico en los amores de Canalejas. El primer matrimonio con María Saint-Aubin Bonnefon se celebra cuando el contaba veinticuatro años y ella veinte. Vivieron juntos diecinueve años. Ella murió en 1.897 sin dejar descendencia. Su pérdida le provocó un inmenso dolor a la vez que reavivó sus convicciones religiosas que parecían contrarrestadas por su militancia liberal y su polémico anticlericalismo jaleado por la mentalidad de su época en que la libertad religiosa era interpretada como nociva por los sectores anclados en los fondos residuales del absolutismo. Fue una pareja estrechamente compenetrada y con la exclusiva y excluyente intimidad de los matrimonios sin hijos. Ramón de Campoamor podría haber escrito una de sus «Doloras» inspirándose en la separación de aquella pareja enamorada. María Saint-Aubin, como se desprende de su apellido, de origen francés, procedía de una familia ligada a las empresas ferroviarias. Resulta casi imposible al describir el accidente no recordar el poema de Campoamor «El tren expreso». El accidente sucedió a las once y media de la noche cerca de un pueblo llamado Quintanallejo, en el kilómetro 367 y en el lugar que lleva el siniestro nombre de Fuente del Ahogado, por choque con otro tren que circulaba en dirección contraria. El tren en que viajaban sería como el descrito por Ramón de Campoamor, el poeta que profetizó la vocación de Canalejas cuando este parecía orientado preferentemente hacia la literatura. En aquel romántico expreso viajaban un español y una francesa. «Soy español, la dije ¿y vos señora? Yo –dijo- soy francesa». Era un tren de la época, como aquel en que viajaban María y José, con su negra locomotora de vapor humeante y sus vagones encadenados a través de sus típicas plataformas traqueteantes, a través de los cuales se desplazaría la pareja de punta a cola. «Empezó el tren a trepidar, andando –con un trajín de fiera encadenada». «¡Del tren expreso la infernal balumba! – ¡la claridad de cueva que salía- del techo de aquel coche que tenía –la forma de la tapa de una tumba!». Supervivientes de la tragedia, María y Canalejas se entregarían decididamente a una valiente y penosa labor de ayuda a las víctimas, penetrando en el inseguro amasijo de hierro y madera y transportando en sus brazos los cuerpos heridos y sangrientos por lo que se les pretendería otorgar la Cruz de Beneficencia a los dos. Canalejas renunció personalmente porque consideraba incompatible la condecoración con su condición de diputado en ejercicio que se sentía obligado a ayudar a sus semejantes como prolongación natural de su cargo. Pero la muerte precoz por enfermedad aguardaba a María Saint-Aubin como aguardaba a la dama misteriosa de «El tren expreso» de Campoamor. «Me revelo a morir pero es preciso-¡El triste vive y el dichoso muere!- ¡Cuando quise morir Dios no lo quiso! -Hoy que quiero vivir, Dios no lo quiere!». De la muerte de María quedó Canalejas desolado, deprimido y mudo por algún tiempo y parecía, como el protagonista del poema, «De dolor traspasado –por la más grande herida- que a un corazón jamás ha destrozado». Canalejas llevaría desde entonces, siempre, en su muñeca izquierda una pulsera de azabaches, infrecuente en su época en un varón, que desenlazó con sus manos de la mano de María definitivamente desfallecida. Ese perfil romántico de Canalejas envuelve en cierto misterio sentimental sus amores, formando parte de su gran humanidad. No era un personaje frio y distante, obsesionado por el poder, sino que tenía una recóndita personalidad sentimental de hombre completo. Esa misma íntima capacidad de enamoramiento se proyectó sobre su jovencísima segunda esposa cuando él estaba en la plena vitalidad de su madurez. Con su segunda esposa contrajo matrimonio canónico en 1.908, cuando él tenía cincuenta y cuatro años y ella veinticuatro, tras unas misteriosas relaciones a que se referiría en su testamento hológrafo. María de la Purificación Fernández y Cadenas, su segunda esposa y madre de sus hijos, era hija de un empresario del entonces famoso Circo Parish y del Teatro del Príncipe Alfonso. Este señor visitó a Canalejas acompañado de su hija Purificación para pedirle algún consejo o apoyo en relación con un viaje que iba a emprender con destino a Méjico por razones profesionales. Tenía una relación antigua con Canalejas por haberle ayudado este en alguna otra cuestión y mantenía aprecio hacia su persona. Aquella visita no era algo excepcional, ya que recibía a todos los que lo solicitaban en cualquier lugar oficial o privado, sin consideraciones de clase o de importancia de los asuntos, dentro de su incansable actividad de relaciones humanas. Lo mismo mientras desayunaba, que le gustaba hacerlo fuera de casa y tomando los típicos churros en los establecimientos del centro de Madrid, conversando con personas de todas clases y, también mientras paseaba a pie lo mismo que cuando se instalaba en la solemnidad de los despachos oficiales o cuando recorría los distritos electorales en los días de campaña. Periodistas, artistas, libreros, industriales, profesores, ateneístas o paseantes en Cortes formaban parte frecuentemente de un sequito informal que le hacía compatibilizar un aire de tertulia bohemia y dicharachera con su oratoria culta del Congreso y con la charla, muchas veces crítica y hasta satírica, de sus opiniones espontaneas. En el caso de la visita del padre de Purificación, Canalejas le dio una carta de presentación nada menos que para el Presidente de la República de Méjico, entonces Porfirio Díaz. Pura era una jovencita huérfana de madre desde los quince años y Canalejas le pidió, como favor, que le escribiese desde Méjico para informarle de cómo transcurría el viaje y, a la vez, le anunció que él le escribiría a la Lista de Correos de Méjico durante el año que pensaban permanecer allí padre e hija. Sin duda se produjo un auténtico «flechazo» entre ambos ya que, según cuenta la protagonista en sus recuerdos, cuando llegó a Méjico ya encontró carta de Canalejas y ella, por su parte, habiendo tenido un pequeño accidente en el barco que la transportaba y que le inutilizó por unos días la mano derecha, aprendió a escribir con la mano izquierda para poder cartearse con Canalejas. La correspondencia entre ambos debió de ser más amorosa que informativa. Al padre de María Purificación le salieron mal sus proyectos y regresaron a España y Canalejas que era ya un político encumbrado y famoso acudió a recibirlos al puerto de Barcelona, donde desembarcaron. A partir de entonces se estableció una relación pasional que, por razones nunca aclaradas, no se formalizó jurídicamente. Se sabe que Canalejas se reunía con la familia de Purificación y que, en cierta ocasión, le regaló una pulsera de prometida sin que se celebrase boda. Según la propia Purificación, que escribió unas memorias bajo el título de «La vida íntima de Canalejas»: «era mi sino que aquel encumbramiento por un matrimonio con un hombre tan ilustre se hiciera aguardar, por causas ajenas a la voluntad de ambos, algunos años todavía. Lo cual dio margen a comentarios despiadados por la irregularidad de nuestra situación, en las que yo llevé, como siempre ocurre, la mayor parte de las censuras». Tan afectada por su posición se sentía que cuando se inauguró el magnífico edificio del Casino de Madrid en la calle de Alcalá, se negó a la petición de que lo acompañase aceptando la invitación que habían recibido porque no quería «dar lugar a comentarios despiadados como de costumbre en torno mío, suscitados por una envidia vulgar». En esta situación tuvieron cuatro hijos antes de la bendición nupcial y dos tras la boda, sin que nunca se supiese por qué no evitaba Canalejas las disparatadas suposiciones que corrían las malas lenguas. Canalejas decía que explicaría en unas memorias que no tuvo tiempo de escribir la razón de aquella relación de hecho y Purificación, ya viuda y Duquesa de Canalejas, tampoco lo aclararía. La boda se celebró en la capilla del Arzobispado de Madrid, oficiada por Monseñor José María Barrera, el mismo con el que Canalejas tendría una conversación espiritual, quizá sacramental, tres días antes de su muerte.

La única información sobre esta relación prematrimonial extraña en aquel tiempo y en el nivel social del político se produjo más tarde en el citado libro de su viuda «La vida íntima de Canalejas», en el que, como a manera de apéndice, se incluye un testamento hológrafo de Canalejas fechado a dos de Diciembre de 1.908 en el que este «antes de contraer segundas nupcias con Doña María Pura Fernández Cadenas, a quien desde hace años me uní, a la que vengo considerando como mi esposa, y espero que mis hijos la consideren y respeten seguros de que nuestras anormales relaciones no responden a nada que pueda desdorarla». En dicho testamento se hace referencia a su propósito de explicar los orígenes y desarrollo de estas circunstancias de la pareja en las futuras memorias, que nunca pudo escribir, y en carta a sus hijos que tampoco parece que haya escrito. El misterio de la pareja fue, sin duda, utilizado para desprestigiar su imagen en los temas conflictivos de las relaciones con la Iglesia. El testamento incluye todas las formalidades de rigor, como redactado por un gran abogado, incluida la designación de albaceas, entre los que figura el hermano de su primera esposa, Alejandro Saint-Aubin. Poco más puede contarse con certeza de esta amorosa que se consolidó familiarmente. Doña Purificación Fernández y Cadenas fue titulada Duquesa de Canalejas con veintiocho años. Este título se lo cedió a su primer hijo y, poco después, el Rey le otorgó el título de Marquesa de Otero de Herreros.
María Purificación Fernández y Cadenas, también constituyo una familia católica evidente. Cuando ya vivía en la que fue su última residencia, en el número 11 de la calle Huertas, tenían oratorio, autorizado por la Santa Sede, y capellán y sucedió una anécdota significativa del ambiente en que tenía que moverse para mantener su equilibrada actuación como hombre público. Con motivo de las misas que se celebraban en el oratorio familiar y especialmente, en determinadas fechas, y en sufragio del alma de María Saint-Aubin, cayó enfermo el capellán y de la parroquia cercana enviaron a un sacerdote que encontraron disponible para sustituirlo y que, al parecer, no conocía la religiosidad de los fieles que le esperaban. El ocasional oficiante era un clérigo de Calahorra, llamado Saturnino Palacio, que se encontraba de viaje en Madrid y había concurrido a la parroquia para celebrar misa en aquella iglesia y, allí, vieron resuelto el problema de suplir al capellán y, sin más informaciones preparatorias, lo enviaron para la casa de Canalejas en la calle Huertas. Cuando llegó la hora de las oraciones, aquel sacerdote, que se supone que sería de la cuerda integrista, de aquel, entonces famoso, sacerdote catalán Félix Sardá y Salvany que escribió un libro titulado «El es pecado», tras pedir una oración por el alma de la difunta, reclamó otras por la conversión de los liberales. Los liberales estaban allí, oyendo misa devotamente en su oratorio familiar, y estarían en el Gobierno, presidido por Canalejas, mientras se celebraba en Madrid un solemne y espectacular Congreso Eucarístico cuya seguridad y brillantez garantizaría enérgicamente Canalejas. Canalejas comprendía que la libertad de cultos y la no discriminación civil por razones religiosas eran compatibles con el respeto al sentimiento católico mayoritario de los españoles y al suyo propio que le llevó a rechazar las campañas antirreligiosas como inmorales y antipatrióticas.

Este texto constituyó el Capítulo 9 del libro «Canalejas o el liberalismo social» del que es autor Gabriel Elorriaga Fernández, recientemente editado por el Servicio de Publicaciones del Congreso de los Diputados dentro de su colección «Biografías de parlamentarios». Un soplo de poesía y misterio humaniza el retrato del insigne político en una faceta menos comentada de su vida, junto a la aportación de datos y documentos que enriquecen el volumen de la obra, que incluye datos y documentos históricos y los discursos parlamentarios de aquel malogrado gobernante.

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    Acerca de Gabriel Elorriaga Fernández

    Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia. Ex diputado y senador

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