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El parón nuclear en España, política de chatarra

El parón nuclear en España, política de chatarra
España se lanzó al programa nuclear a raíz de una exposición promovida por el gobierno norteamericano durante la presidencia de Eisenhower (IKE para los españoles) en la Torre de Madrid). El lema de la exposición fue «Átomos para la paz» («Atoms for peace») y recorrió todos los países de la Europa libre.
Estados Unidos fue el primer país que utilizó la energía atómica para terminar un conflicto bélico, lanzando dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El nacimiento de la energía nuclear había sido traumático y horrible. A partir de ese momento Estados Unidos se propuso promover la utilización pacífica de la energía nuclear en todos los campos, desde la producción de energía eléctrica a la medicina. Hoy son millones las personas las que han vencido al cáncer gracias a la radioterapia, simple consecuencia de esta iniciativa de átomos para la paz.
España comenzó su programa nuclear a raíz de este movimiento de «Átomos para la paz». Pero mientras que en Estados Unidos se produjo de hecho un parón nuclear por razones meramente económicas, en España fueron determinantes las decisiones políticas.
ETA tomó como objetivo Lemóniz y puso una bomba en un generador de vapor que causó la muerte a tres trabajadores (Guerra, Baños y Negro), posteriormente asesinó a dos directivos de Iberduero, Pascual y Ryan, éste último tras un breve secuestro como el de Miguel Ángel Blanco. En ese momento el gobierno estaba en manos de una UCD en crisis abierta y con Adolfo Suárez dimitido, y luego del breve y efímero paréntesis del gobierno de Calvo Sotelo, llegaría al poder el PSOE aupado por una abrumadora mayoría que le otorgó 202 diputados, récord hasta hoy nunca igualado. Los diferentes gobiernos del PSOE, con Felipe González al frente, se enfrentarían a un gran dilema: parar sólo Lemóniz, reconociendo así su incapacidad para proteger vidas y haciendas, función básica de todo gobernante, o llevar a cabo una maniobra de manipulación a gran escala decretando un parón nuclear por razones de seguridad, que suponía el cierre de Lemóniz encubierto con el cierre de otras centrales nucleares como Valdecaballeros I y II, Sayago y Trillo II, por citar sólo las que ya estaban en avanzada construcción o habían comprado el equipo principal.
La maniobra de manipulación fue manifiesta, porque si Felipe González hubiera actuado por motivos de seguridad como decía, tendría que haber parado las centrales nucleares más antiguas, en vez de las más modernas, dotadas de mejores sistemas de seguridad. Como consecuencia de esa gran farsa, pocos años después se produjo un accidente en el turboalternador de Vandellós I, a raíz del cual la central fue cerrada y desmantelada. Vandellós I era una central de grafito gas de diseño francés. Su cierre se produjo cuando los franceses ya habían abandonado este tipo de tecnología, adoptando centrales nucleares de agua ligera (las únicas utilizadas en Estados Unidos) en la modalidad de agua ligera a presión.
La selección de las centrales nucleares que se cerraron se hizo por criterios meramente electorales. Se eligió Valdecaballeros, porque el señor Rodríguez Ibarra había tomado el cierre de la central como su bandera política. Al contrario que en Extremadura, las centrales de Vandellós II y Trillo I no tenían contestación popular, dándose la circunstancia de que Trillo 1 es una central nuclear de diseño alemán (Siemens), siendo el socialdemócrata Helmut Smith gran valedor del socialista González. El proyecto de Valdecaballeros había sido hasta entonces el mejor gestionado, de tal forma que era el que tenía más obra construida con menor inversión realizada, en comparación con Vandellós II o Trillo I. Se retorcieron los argumentos hasta tal punto que el gobierno socialista adujo que había mantenido las centrales nucleares que tenían más capital invertido. Con esta decisión política se castigó al mejor gestor.
Al parecer, años después el señor González quiso rectificar su error, pero pronto su compañero Rodríguez Ibarra le convenció de que perderían el feudo de Extremadura, que los socialistas han mantenido durante décadas hasta las elecciones de mayo de 2011. Recientemente el señor González Márquez se ha comprado una finca de 49 hectáreas en Cáceres, que tiene el sugestivo nombre de «El Penitencial», situada en un emplazamiento maravilloso, muy cerca de Valdecaballeros, donde hoy se pueden ver los edificios de la antigua central.
En España se impuso el parón nuclear por la demagogia política, y uno se pregunta ¿cómo es posible que el pueblo aceptara semejante farsa del parón nuclear? La explicación creo que se puede resumir en una frase que debería figurar en los anales de nuestra historia: «A mí, que me lo den hecho». Esta sencilla frase explica a la perfección comportamientos individuales y colectivos. El pueblo español quería que se lo dieran hecho, no quería más atentados en las centrales nucleares ni tampoco quería la energía nuclear. Nadie rechistó, porque el gobierno socialista se lo dio hecho. Eso sí, hubo que pagar un alto precio por ello: durante años ha figurado en la tarifa eléctrica un coste adicional por el cierre de las centrales nucleares, no sólo de Lemóniz I y II, única amenazada por ETA; sino también Valdecaballeros I y II, Trillo I y Sayago.
Hoy estamos padeciendo una grave crisis económica y el pueblo español en vez de implicarse en su solución vuelve a repetir la frase: «A mí que me lo den hecho». Siempre habrá alguien dispuesto a dárselo hecho. Hoy ese alguien se llama Podemos. Lo malo de este comportamiento es que cuando alguien – individual o colectivamente- renuncia a asumir sus responsabilidades, a dirigir su propio destino, a asumir como propios sus éxitos y fracasos, corre el riesgo de perder su libertad.

Muchos no sabrán que las centrales nucleares antes nombradas eran una realidad física, había una gran cantidad de equipo fabricado y pagado con el dinero de todos los españoles, no sólo en Lemóniz I y II, sino también en Valdecaballeros I y II, Trillo I y Sayago. Este equipo, en una pequeña parte, se utilizó como repuesto en las centrales en operación, pero en su mayor parte se envío a la chatarra sin haberlo estrenado.
Tengo el recuerdo personal de haber visto los generadores de vapor de Trillo II al fondo de la nave de la fábrica de ENSA (Equipos Nucleares, S.A.), en Maliaño, Santander. Allí estuvieron almacenados durante años, hasta que un día desaparecieron. Pregunté qué había pasado y me respondieron que se habían destruido como chatarra sin estrenar.
Stanley Payne ha publicado un libro con el título «España, una historia única», y ciertamente hay que reconocer que tenemos una historia única o singular, porque somos el único pueblo que ha conseguido expulsar de su territorio a los musulmanes, después de siete siglos de Reconquista. Y como bien ha recordado Julián Marías, Asia Menor, Siria, Palestina y toda el norte de África fue romanizado (Alejandría con su biblioteca, Hipona de San Agustín), por lo que el Mediterráneo se llamó Mare Nostrum, pero sólo España se libró del dominio musulmán. España luchó por seguir siendo Europa, por formar parte del mundo occidental, cosa que no le ocurrió en igual medida a Francia, Inglaterra o Alemania.
Seguimos siendo un país con una historia única, singular. Ningún país del mundo ha enviado a la chatarra, sin estrenar, seis unidades nucleares con una potencia equivalente a la de las centrales nucleares actualmente en funcionamiento. Y aún así, a pesar de este derroche y despilfarro, hemos sido capaces de mantener una economía dinámica que consiguió alcanzar su máximo grado de bienestar con los gobiernos del señor Aznar. ¿Qué habríamos podido conseguir de haber actuado con un poco más de racionalidad?
La investigación básica y fundamental de las centrales nucleares se hizo en Estados Unidos. Al principio, bajo la presidencia de De Gaulle, Francia desarrolló una tecnología propia: la de los reactores de grafito gas, como el de Vandellós I. Fallecido De Gaulle, abandonaron ese tipo de reactores y adquirieron el diseño norteamericano de Westinghouse de reactores de agua ligera a presión, base del actual parque nuclear francés, el más amplio de Europa. Por experiencia propia puedo afirmar que al principio los franceses copiaron íntegramente el diseño de Westinghouse, sin desviarse un ápice del mismo. Poco a poco, a medida que fueron ganando confianza, introdujeron pequeñas innovaciones, como las barras de control grises para el seguimiento de carga.
Al igual que Francia, Inglaterra desarrolló inicialmente sus propios reactores. En este caso el diseño adoptado fue un reactor avanzado de gas, llamado así porque en vez de uranio natural utilizaba uranio ligeramente enriquecido. Los ingleses también terminaron por abandonar este tipo de reactores y adoptaron el modelo norteamericano de Westinghouse.
En España la antigua Junta de Energía Nuclear (JEN, hoy CIEMAT) hizo la investigación básica de carácter científico o estratégico en el campo nuclear, pero la tecnología de las centrales nucleares españolas fue comprada a Estados Unidos (principalmente a Westinghouse y a General Electric) con el dinero de todos los españoles. Nadie nos ha dado nada y mucho menos gratis. La antigua JEN fue el centro donde se formaron gran parte de los físicos y técnicos nucleares españoles.
La primera generación de centrales nucleares españolas (Zorita, Garoña y Vandellós I) se hizo en la modalidad «llave en mano». En estas centrales el suministrador principal era el responsable del diseño, construcción y montaje de la central nuclear, y la empresa eléctrica recibía la central lista para operar, como si fuera un piso que se entregaba para habitar llave en mano.
La auténtica transferencia de tecnología se produjo en España a raíz de las centrales de la segunda generación (Almaraz, Lemóniz, Ascó y Cofrentes). El suministrador principal era sólo responsable del suministro del equipo principal: reactor nuclear, turbina-alternador y combustible nuclear. Las empresas eléctricas propietarias fueron responsables del proyecto, construcción y montaje de las centrales, con lo que se potenciaron extraordinariamente las empresas de ingeniería, fabricación, construcción y montaje españolas.
El parón nuclear decretado por el gobierno socialista del señor González, supuso un grave revés para el sector nuclear español, pero aún así, las empresas españolas han sido capaces de consolidarse, llegando a ser punteras en su campo de actuación.

España, al igual que otros países, ha tenido que hacer investigación de alto nivel en el campo de los materiales, para estudiar el fenómeno de corrosión bajo tensiones (stress corrosion cracking), que afecta a los tubos de los generadores de vapor y a los componentes internos del reactor. Estos trabajos de investigación se han llevado a cabo en el CIEMAT. En estos estudios se han invertido miles de millones de pesetas (aún no existía el euro), gracias a los mecanismos de financiación que estaban establecidos en el llamado Marco Legal Estable, hoy desaparecido, a pesar de su estabilidad. Los resultados de esta investigación eran controlados por el Ministerio de Industria. Se puede afirmar, sin exagerar, que en este esfuerzo conjunto España ha estado a la altura de los principales países europeos: Francia, Suecia y Alemania; los cuales, a su vez, estaban más adelantados que los Estados Unidos.
El problema de la investigación es que requiere grandes inversiones de dinero mantenidas durante mucho tiempo, sin que los resultados estén asegurados. En un artículo anterior he dicho que el hombre no tiene un mecanismo que le permita conocer a priori si es cierta o falsa una afirmación: lo tiene que someter a prueba. Esto es particularmente cierto en el campo científico. El investigador parte de una idea, de una hipótesis, que somete a prueba, pero no sabe si es cierta o falsa. Los experimentos pueden ser muy largos y costosos, sin que nadie pueda predecir de antemano el éxito de los mismos.
Esta situación -investigación costosa a largo plazo con resultados inciertos- es incompatible con la estructura de nuestras actuales empresas, que sólo se preocupan por el cierre del presente ejercicio. Lo mismo sucede en la arena política. Con independencia de las siglas de los partidos políticos, a nuestros dirigentes políticos sólo les preocupan los resultados de las próximas elecciones, no tienen horizonte más allá de las siguientes elecciones. Este panorama -empresarial y político- es incompatible con una investigación que requiere grandes inversiones, mantenidas durante mucho tiempo, con resultados inciertos; ejemplo, el reactor de fusión.
El grado de intervención de los políticos en la democracia es mucho mayor que en la dictadura de Franco. Y más que intervención deberíamos decir mangoneo. En tiempos de Franco las empresas eléctricas privadas eran libres de tomar sus propias decisiones empresariales. Las autoridades del régimen querían que se quemara el carbón nacional, para así reducir la dependencia energética del exterior. Las empresas eléctricas privadas se negaron a ello argumentando que no era rentable, sólo consideraban rentables las centrales hidráulicas y de fuel-oil. Para quemar el carbón nacional produciendo electricidad se creó ENDESA. El sobre costo de Endesa se lo tenían que repartir las empresas eléctricas privadas. Entre los directores generales de las compañías eléctricas saltaban chispas cada vez que había que repartir «equitativamente» el sobre costo de Endesa. No es de extrañar que saltaran chispas, pues la discusión era entre eléctricas.
El anterior presidente de Gobierno, don José Luis Rodríguez Zapatero se jactaba públicamente de ser rojo, antinuclear y feminista. Puso en marcha un programa de renovables que hoy está hundiendo el sistema eléctrico español, como lo prueba el déficit de tarifa. La política energética en España es caótica, y el gobierno del señor Rajoy no ha conseguido enderezar este caos, por ello, la alemana E.ON ha optado por marcharse de España con pérdidas.
Ante los beneficios asegurados por el gobierno del señor Zapatero acudieron como moscas a la miel los mal llamados empresarios. No han hecho ningún cálculo económico, sólo han tenido en cuenta la subvención de las renovables, como un beneficio neto, como si fueran los intereses de la deuda pública.
Antes de lanzar el proyecto Almaraz, nos tocó hacer un análisis económico, comparando el coste de una central nuclear con el de una central térmica de fueloil. La central nuclear salió ventajosa, pero por muy pequeña diferencia. La ventaja se la daba el combustible nuclear, porque la central de fueloil tenía costes mucho más bajos en inversión inicial, siendo similares los gastos de explotación (Operación y Mantenimiento). En aquella época (1969-1970) se nos dio como un fijo en la quiniela el coste del fueloil a 35 cts/kWh. Obsérvese que esto ocurría en 1970, tres años antes de la primera crisis del petróleo de 1973, que en la década anterior había mantenido estable el coste del petróleo a precios bajos.

Las centrales nucleares se escogieron porque eran más competitivas, insisto, sólo un poco más competitivas. Todo cambió con la crisis del petróleo y la primera guerra del Golfo. Los precios del petróleo se dispararon y esto compensó con creces los sobre costos que se produjeron en la construcción de las centrales nucleares. Pero recuerdo que detrás de la decisión de poner en marcha la segunda generación de centrales nucleares hubo un cálculo económico. Cálculo que ha brillado por su ausencia en el caso de las renovables; más aún, de antemano se sabía que no eran rentables, salvo por las subvenciones recibidas.
Ante este panorama nada brillante uno se pregunta, ¿qué hacer? Mi recomendación es que asumamos nuestras responsabilidades y que no sigamos huyendo hacia delante. La decisión de las renovables ha sido errónea. Si se sigue manteniendo nos terminará hundiendo como país.
Soy asiduo oyente de las tertulias económicas de la radio, en las que suelo escuchar que no es descartable una quita a largo o medio plazo de nuestra deuda pública, que no sólo afectaría a los poseedores de deuda pública, sino también a todos los ahorradores que tienen sus depósitos en los bancos. Antes de llegar a una situación tan extrema, que los expertos no descartan, habría que hacer una quita a las renovables. Por supuesto, esto significa que el Estado ha incumplido un compromiso de pago, lo cual implica un gran descrédito internacional, pero peor sería el colapso de todo el sistema y que haya que hacer una quita a los pequeños ahorradores. Un gobernante tiene que elegir entre una opción mala y otro peor. Acierta si elige la menos mala y se equivoca si cree que el tiempo resolverá el problema.
A las renovables han acudido los fondos «buitre» dispuestos a darse un gran banquete con la carnaza que les han servido nuestros políticos. Ha llegado la hora de que los espantemos.
No sólo tenemos el problema del déficit de tarifa eléctrica, sino también el de la deuda pública y el del sistema público de pensiones, insostenible a largo plazo con una tasa de natalidad decreciente. Durante el gobierno del señor Zapatero se decía que «teníamos recorrido» porque heredó del señor Aznar una deuda del 60 %. Hoy estamos en el 100 % del PIB y creciendo.
¿Vamos a seguir huyendo hacia delante? Nuestros hijos, los mejor formados, a los que todos los españoles hemos pagado sus estudios superiores, se tienen que ir al extranjero porque aquí no encuentran trabajo o están mal pagados. El economista y profesor alemán, Juergen B. Donges, no se cansa de repetir en sus conferencias semestrales en la Fundación Rafael del Pino, que están encantados de recibirlos en Alemania, porque se han ahorrado sus estudios y están muy bien formados.
Un país tiene que asumir sus responsabilidades. En su día, nuestros gobernantes, con la aquiescencia del pueblo español, tomaron la decisión del parón nuclear y lo seguimos pagando. Somos responsables de nuestros actos porque somos libres.
Hoy existe el riesgo de que sigamos huyendo hacia delante y nos pongamos en manos de quienes están dispuestos a tomar el Paraíso por asalto. Y de seguir así quizá terminaremos como nuestros hermanos de Argentina, Venezuela, Cuba o Bolivia.
El futuro de España es incierto porque sus ciudadanos son libres. Yo opino que tenemos que ser libres y responsables.

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    Acerca de Juan Manuel Blanco Rojas

    Licenciado en Ciencias Físicas y diplomado en Ingeniería Nuclear por el Instituto de Estudios Nucleares (antigua JEN). Su experiencia profesional se ha desarrollado durante 32 años en la centrales nucleares de Almaraz y Valdecaballeros, participando en todas las etapas del proceso, desde su lanzamiento hasta la explotación comercial de Almaraz; ocupando los cargos de Jefe de Seguridad Nuclear, Combustible y Medio Ambiente; Jefe de Ingeniería y Subdirector Técnico. En la actualidad es jubilado y pensionista de la Seguridad Social.

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