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La evolución de los partidos políticos en Estados Unidos

La evolución de los partidos políticos en Estados Unidos
En 2016 se celebran en Estados Unidos unas nuevas elecciones presidenciales que pondrán fin a la era Obama, pero la carrera presidencial hace varios meses ya que empezó para los posibles candidatos de todos los partidos, si bien son los líderes de las dos principales formaciones, la Republicana y la Demócrata, quienes acaparan la atención nacional y extranjera. El objetivo del presente artículo será demostrar que la escena política estadounidense no ha estado dominada siempre por los mismos protagonistas, y que pese al dominio de Republicanos y Demócratas, ni siquiera estos han mantenido su programa inalterado ni han captado su apoyo en las mismas capas sociales. Por el contrario, a pesar de la imagen de estabilidad, el sistema de partidos en Estados Unidos ha sufrido fuertes alteraciones, fiel reflejo de su meteórico ascenso de pequeña ex colonia costera a hiperpotencia de tamaño continental.
Distintos intérpretes

Ni siquiera el sistema político estadounidense estuvo inicialmente diseñado para la competición partidista. En la mente de la mayoría de los Padres Fundadores predominaba una concepción republicana respecto al régimen que estaban creando, donde la búsqueda del bien común estaba por encima de las rivalidades políticas, y por tanto, las facciones no tenían cabida en el nuevo sistema erigido tras la Independencia. Los Federalistas se convirtieron en los defensores de dicho proyecto, aportando los dos primeros Presidentes, el venerado George Washington, elegido por unanimidad durante dos mandatos consecutivos, y el atribulado John Adams, que pese a estrenar la Casa Blanca, no pudo reeditar el éxito de su predecesor, precisamente por el advenimiento del primer sistema de partidos en Estados Unidos.
La escena política estadounidense ya había vivido episodios de fuerte rivalidad, así, antes y durante la guerra de Independencia los leales a la Corona Británica, los Tories, perdieron frente a los rebeldes que luchaban por la libertad de las colonias, los Whigs. Tras la victoria sobre Londres, y al calor del debate en torno a la nueva Constitución que debía sustituir a los Artículos de la Confederación para crear una Unión federal, los Federalistas, partidarios de un Estado Federal con amplias competencias, ganaron la partida a los Antifederalistas, defensores de las prerrogativas de los distintos estados. De todos modos, numerosas reivindicaciones y temores de los Antifederalistas nutrieron las ideas de quienes se opondrían más tarde a las supuestas tendencias aristocráticas de los Federalistas.
Bajo el liderazgo de James Madison y Thomas Jefferson nacía en la década de 1790 el partido Republicano Democrático, que en las trascendentales elecciones de 1800 arrebataría a los Federalistas la presidencia. Los Republicanos, abogando por una mayor democratización del sistema, supieron aglutinar el malestar contra los desmanes Federalistas, que ya nunca volverían a ejercer el protagonismo político de sus inicios. De hecho, los Republicanos ganarían el resto de elecciones, siete en total, hasta 1828, para entonces, cuando los Federalistas habían dejado de ser hacía años una fuerza de primer orden, serían los Demócratas de Andrew Jackson quienes darían paso al segundo sistema de partidos.
En efecto, A. Jackson se había presentado en 1824 como candidato Republicano, como el resto de contendientes, y pese a ganar las elecciones en voto popular, el Congreso, tras el bloqueo del Colegio Electoral, votó a favor de J. Q. Adams, artimaña que impulsó a Jackson a escindirse de su partido y crear el Demócrata, de nuevo bajo acusaciones de elitismo contra los Republicanos en el poder. Estos, viendo escindido su propio partido, trataron de hacer frente al empuje populista y patriotero de Jackson bajo una nueva formación Whig, enfrentada a las tendencias bonapartistas de su rival. Pese a sus esfuerzos, los Demócratas dominarían la política norteamericana hasta 1860, cuando surgió el tercer sistema de partidos.

Si A. Jackson creó el partido Demócrata en 1828, el moderno partido Republicano nació en 1854 con la unión de Whigs y otras formaciones menores como el Free Soil Party. Para entonces, la cuestión esclavista había dividido a los Demócratas, llegando a presentar dos candidaturas en 1860, la del Norte antiesclavista y la del Sur esclavista, facilitando así la victoria Republicana de Abraham Lincoln. Tras la Guerra Civil se abrió una era de claro dominio Republicano, extendiéndose incluso al cuarto sistema de partidos, iniciado en 1896, y que tocó a su fin con el crack bursátil de 1929. Incluso Woodrow Wilson, el tercer y último Presidente Demócrata durante dicha época, sólo pudo llegar a la Casa Blanca tras la división del voto Republicano entre Howard Taft y Thedore Roosevelt, que en 1912 se presentó bajo su propio partido Progresivista (uno de los pocos ejemplos de tercer partido exitoso en la historia de Estados Unidos).
Como se aprecia, a partir de 1860 ya no habrá más cambios entre los dos grandes partidos, pues serán los Republicanos y los Demócratas quienes se disputen la presidencia y la mayoría de los puestos en el Congreso. Tan sólo en relación a los débiles terceros partidos habrá alguna novedad, pues tras la desaparición de los Progresivistas, serían los Socialistas quienes intentasen robar protagonismo a las dos grandes formaciones, y más recientemente, los Independientes de George Wallace y el Partido de la Reforma de Ross Perot han sido los únicos capaces de inquietar al bipartidismo.
Diferentes partituras

Si los protagonistas de la escena política estadounidense no han sido nunca los mismos, tampoco sus programas han permanecido estables a lo largo de su existencia. Para el experto en historia parecen haber quedado relegadas las disputas en torno al ejército permanente, el apoyo a Francia o a Gran Bretaña y al Banco Central y el sistema de deuda que enfrentaron en un primer momento a Federalistas y Republicanos. Algo más cercanos, por sus repercusiones en la Guerra Civil, aparecen los desacuerdos entre Whigs y Demócratas a causa de las cuestiones expansionista y esclavista, con el telón de fondo siempre presente de la democratización del sistema a través del progresivo aumento del sufragio.
Si en sus inicios, y bajo las necesidades de la reconstrucción del Sur tras la derrota de la Confederación, los Republicanos fueron quienes defendían la acción unitaria y resuelta del gobierno Federal, enfrentados a los Demócratas celosos de las competencias de los distintos estados y desconfiados de los intereses de Washington, la crisis económica desatada tras la caída bursátil de 1929 cambiaría por completo el panorama político en Estados Unidos. A partir de entonces, y por primera vez en su historia, el partido Demócrata asumió una agenda de intervencionismo Federal a la que se opondrían los Republicanos, defensores desde ese momento del Estado mínimo. Además, el New Deal dio una dimensión social desconocida a la actividad pública, que centrada primero en la pobreza, y en las minorías después, hizo del partido Demócrata el adalid de las causas progresistas a partir de la década de 1960, mientras que los Republicanos se quedaban con la imagen de partido conservador y tradicionalista que les caracteriza hasta el presente.
Por tanto, de la imagen de un partido Republicano campeón de la causa antiesclavista y un partido Demócrata defensor de la segregación racial apenas queda ya el recuerdo. Las décadas de 1930 y 1960 fueron cruciales en la evolución de los dos grandes partidos, tanto en materia económica (con una agenda más intervencionista para los Demócratas y más liberalizadora en los Republicanos, sin que ello signifique un mayor o menor gasto público), como en asuntos sociales (más progresistas los Demócratas y más conservadores los Republicanos) o de defensa (más partidarios del poder blando los Demócratas, aunque también más proclives a la acción, y defensores del poder duro los Republicanos, si bien sus gastos en seguridad no impliquen necesariamente un mayor intervencionismo exterior).
Audiencias volubles

Con tanto cambio en los partidos y sus ideas centrales no es de extrañar que sus respectivos electorados hayan fluctuado del mismo modo. Así, mientras en los dos primeros sistemas de partidos el Noreste estadounidense votó predominantemente primero a los Federalistas y luego a los Whigs, el Suroeste se decantó en su mayoría por los Republicanos y después por los Demócratas (ambas, formaciones emergentes que disputaron el dominio político al partido hasta ese momento en el poder). En el tercer y cuarto sistemas de partidos los Republicanos tenían su principal caladero de votos en el Norte y el Medio Oeste, entre la población que favorecía las actividades industriales, comerciales y de negocios en general, mientras que los Demócratas obtenían su apoyo de las clases trabajadoras, agrarias e inmigrantes del Sur y el Oeste. El quinto sistema de partidos, con la crisis del 29 y la respuesta de F. D. Roosevelt y su New Deal, transformó de nuevo dicho panorama, ahora serían las diferencias de clase las de que decantarían el apoyo a uno u otro partido, así, y ya a escala plenamente nacional, de hecho por primera vez el Norte votó Demócrata, los Republicanos vieron reducidos sus apoyos a la clase alta del mundo profesional y los negocios, por el contrario, los Demócratas se afianzaron entre los sindicatos, los inmigrantes, las minorías, los judíos, los católicos y la clase urbana e intelectual.
El sexto sistema de partidos dio otro nuevo giro a la política de Estados Unidos, pues la guerra de Vietnam, a nivel externo, y las luchas por los derechos civiles, en el interno, trastocaron las lealtades partidistas durante la década de 1970, sentando las bases del clima político actual. Para describir la creciente polarización en torno a diversos asuntos que dividieron, y dividen, a la sociedad estadounidense se ha utilizado el término de Guerras Culturales, concepto que trata de explicar la identificación política en función tanto de la postura adquirida ante determinadas cuestiones controvertidas (el control de armas, el aborto, el matrimonio homosexual, el rezo en las escuelas…) como del modo en que se vive la religiosidad (de manera más ortodoxa o más liberal).
Por tanto, se puede afirmar que desde la década de 1970 las cuestiones de clase, es decir, económicas, dejaron de ser la principal causa de lealtad partidista, para dejar paso a la cultura como auténtica vertebradora de la vida política estadounidense. De ese modo se puede entender cómo los Demócratas se han convertido en el partido de los liberales seculares de toda raza y condición, aunque con cierta preponderancia en los estados costeros, y que los Republicanos se nutran del electorado más conservador y religioso de raza blanca, sobre todo en el Medio Oeste y el Sur del llamado Cinturón Bíblico.

Libreto incierto

Como se aprecia en los siguientes mapas, la escena política estadounidense ha dado un giro de 180 grados en poco más de un siglo, los estados Republicanos en 1896 son ahora el centro Demócrata, y viceversa. Lo que se antojaba imposible hace apenas 50 años, como un Sur Republicano, es hoy una realidad indiscutible.

Por consiguiente, nada en la política estadounidense puede darse por seguro, menos aún a largo plazo, pero sí es posible augurar que las próximas elecciones seguirán dominadas por las disputas culturales, máxime cuando los Demócratas son acusados por los Republicanos de querer convertir a Estados Unidos en un país socialdemócrata a la europea, y los Republicanos son criticados por los Demócratas por querer conservar a Estados Unidos en un casticismo puritano hace mucho tiempo ya superado. En definitiva, como casi siempre ha pasado, los partidos se enfrentan entre sí y movilizan a su respectivo electorado en función de la imagen que tienen de su país, cómo se perciben y cómo aspiran a ser, por lo que en 2016 se antojan unas elecciones trascendentales para el futuro de los estadounidenses, y por extensión, para el nuestro también.

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    Acerca de Pedro Ramos Josa

    Doctor en Paz y Seguridad Internacional por el Instituto General Gutiérrez Mellado Licenciado en Ciencias Políticas por la UNED.Temas principales de investigación: historia y política de Estados Unidos, la debilidad Estatal, ideologías políticas

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